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Jue, 05/23/2013 - 05:18
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El mundo se acaba con el ratico de amor. Se terminan los días, las ilusiones, la salud y los recuerdos. Todo año se traga sus soles y las lunas se visten de negro. La risa es efímera, la angustia finita. El universo es invisible cuando se amanece y cada noche se escapa por entre las sábanas y las infidelidades. El mundo se acaba cualquier día, como cuando cerramos los ojos, cruzamos la esquina o visitamos el médico.
Cada quien exorciza como puede el fin de sus instantes, mil años de miedos propios y ajenos. Algunos dibujan ritos de perennidad en los cuerpos o rescatan semillas en las selvas para silbarle a los espíritus. Por generaciones se van adoptando las maldiciones y los recién llegados apenas si se dan cuenta de que el mundo se les termina. Resulta apenas obvio que, cada mil años o menos, se les dé la vuelta a los números para cerrar los cielos y predecir el fin de una era.
Pero a los milenarismos hay que clavarles las estacas. Dejarlos que mueran sin siquiera mirarlos con el reojo de la compasión. Todo apocalipsis es un calendario vestido de dictaduras, conceptos inútiles, miedos odiosos y prédicas farsantes. Cada fin del mundo esconde la perversión del temor reclamando su malvada esclavitud.
Mientras se respire, se bailen los colores o se les haga muecas a los sustos, no hay credo para las fechas de expiración. Los calendarios mutan y se hacen sacros o paganos según la ocasión, el siglo y el poder de turno. Esa vida que cargamos a cuestas puede ser plena y propia en el instante, en la mirada, el viento y la luz. Los apocalipsis se espantan con las danzas, los festejos, los gritos de placer y hasta la simplicidad de una taza de té.
Libre de futuros, cada minuto es frágil y cada segundo rebelde. La libertad última es esa donde lo efímero es eterno, la existencia es atención y el tiempo un imaginario. Con o sin falsos profetas, al mundo lo vamos matando poco a poco y porque sí.
otro.itinerario@gmail.com