|
Sab, 05/18/2013 - 19:46
|
Para desmitificar protocolos el presidente de Colombia no estaba al pie de la escalerilla a la llegada del jefe de Estado norteamericano, quiérase o no, el hombre más poderoso del mundo. Arribaron otros mandatarios de Estados igualmente soberanos, no menos importantes, y mal podía el de Colombia hallarse en todos los arribos.
Lo que no entiendo es por qué razón institucional, no siendo este país una monarquía, el príncipe heredero, don Martín Santos, tenía que hallarse mezclado en la comitiva de recepción. Ayer con los kogui, hoy con Obama, mañana con cualquier figura o circunstancia estelar del mundo. No representaba a nadie, porque, como digo, aquí no hay líneas de sucesión.
Aunque sí las hay. Dentro de seis años, el heredero (Gaitán lo llamaría el hijo del ejecutivo) será el presidente de la Cámara, luego del Senado; más tarde jefe único, todavía sardino, del Partido Liberal (la “U” habrá desaparecido hasta del abecedario) y finalmente precandidato al trono de su padre.
El presidente Santos es fiel imagen de la tradición presidencial colombiana, según la cual los mayorazgos se traducen, años después, en sucesores de sus padres o de sus tíos, como es el caso actualmente reinante.
Los hijos pierden a sus padres y éstos a sus hijos con el favoritismo inevitable que los hace odiosos para la comunidad simple y gregaria, la que sale a aplaudir sumisamente en las calles la caravana de autos negros clonados (como quien dice al par de “bestias”, pues tal es el nombre que se le da al auto del presidente norteamericano, aerotransportado a cualquier lugar del mundo, y son dos idénticos para que no se sepa en cuál se desplaza).
Triste recepción, por lo inelegante, la que se brindó en el Núñez al mandatario gringo. Él llegó de Tampa convencionalmente vestido y contrastó con el tropicalismo de sus anfitriones de Cartagena: camisas arrugadas, muy cubanas sí, pero muy ajables e irremediablemente informales.
Ignoro hasta el nombre de la señora vicecanciller, cuyo rango no daba para recibir a un presidente, sin mencionar lo casual de su traje y lo trémulo de sus movimientos ante los honores militares. ¿Dónde estaba la señora María Ángela Holguín, en esta no menor ocasión?
Santos regala desaires, como el que le hizo a la exsenadora Córdoba, rescatista emérita, y ahora a su reciente y descomunal socio del TLC, pero dirá que le envió en reemplazo a su hijo primogénito, en quien tiene puestas sus complacencias. Pero ojo con los hijos del ejecutivo que suelen quemarse en el asador de la opinión pública, por excesiva figuración, sean amigos o no lo sean de las zonas francas de comercio.